Una cicatriz en forma de media luna exhibida en mi pectoral
izquierdo, como prueba de que intenté estúpidamente extirparme un músculo
alborotado.
Tomé un cuchillo y simplemente tracé una profunda línea
curva, dejando un rastro de sangre a medida que el filo separaba mi carne.
A la mitad del trabajo, me desilusioné al darme cuenta de que no podría
separarme las costillas para llegar a él, pues no poseía las herramientas
quirúrgicas necesarias para tal intervención. Más tarde supe que sin esa bolsa eléctrica no podría seguir
con vida.
Por eso aquí estoy; hablando solo de cicatrices y fracasos.
Si hubiese triunfado en mi objetivo primordial estaría en este preciso instante
riéndome entre océanos de muerte, sin latidos, sin sensibilidad y por fin; sin
dolor.
Cuando veo la cicatriz, me remite a una huella. Puede que
sea factible tomar esto como un acto de valentía. Soportar los palpitos que
insinúan y susurran aún en los sueños, no pueden ser mejores razones para
canonizar al ente que los padece.
En caso de algún día tener éxito y quitármelo, sé que lo
tomaría y, junto con una lupa, intentaría estudiar todos sus misterios. Sé que
fracasaría en encontrar el conducto que cortar para finalizar los calvarios.
“La cura esta en lo más profundo” me diría a mi mismo, pero aun así, sé que lo
abriría en gajos como una manzana continuando con mi severa búsqueda, y más tarde, engañándome a mi mismo, confiaría en la existencia de
piratas, barcos y tesoros malditos jamás encontrados.
Finalmente me daría por vencido.
No estoy seguro de si lo dejé en su lugar por no haber perseverado en mis intentos, o
por saber que todo hubiese sido por nada... Por estar seguro de que luego de vaciarme y desatar cada arteria de esta maldición,
estaría listo para sentenciar mi derrota, y exhausto, afirmaría que el cable
rojo no se puede cortar con tijera, o por lo menos, no con un filo de acero.
Lo incorpóreo debe ser combatido con herramientas de igual
naturaleza. Sin embargo lo llevo adentro aún, corpóreo o esencial, no
hace menos calvario. Es la enfermedad que me mantiene vivo.
Desearía ser el hombre de hojalata, maldito por una bruja
piadosa, erradicado de la capacidad de comprender juicios de amor. Y entonces, mi cuerpo de lata rechinaría vacilante al oír el
nombre del mago que podría dotarme de esa maléfica capacidad, como hoy tiembla
tras escuchar el nombre de la mujer que transformó cada pulso en punzón.
Si fuese el hombre de hojalata, desmembraría sin piedad al
Mago de Oz, pues no concebiría la existencia de un hombre capaz de poner un
corazón en mis entrañas, y dejarme vulnerable a cualquier herida de las que duelen. No dormiría por las noches
sabiendo que es posible tal martirio.
El hombre de hojalata realmente no sabía lo que pedía.
J.H Vaughanf
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