Flotaba en armonía entre el silencio del no existir.
Hasta que lo expulsaron, y el llanto inundó de aire sus
pulmones.
¿Quién diría que podían despertarlo de su milenario letargo?
Una refulgente luz le abrasa los ojos.
Ya no hay parpado que detenga la llama.
Y ya no hay sordo que no haya oído,
Su estridente grito por el apremio de existir.
Jack H. Vaughanf
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