Errante
por un océano deshabitado, como un barco fantasma, sin rumbo…
Se
detiene, choca con algo invisible que, lejos de ser un puerto, es más Nada, en
medio del océano del vacío, quieto, sin pasajeros que suban, nadie que baje,
silencio, oscuridad total; nada de nada.
Suelta
un estrépito lúgubre, su sonido
despierta de un sueño que jamás ha llegado, las ilusiones arrancadas de raíces que
nunca tuvieron lugar. Pero nadie lo oye, nadie puede oír; no hay oídos; hay
nada.
Pregunta
si alguien lo piensa, se pregunta si navega en un espacio, entre los
escondrijos de algún tipo de mente, en forma de idea. Pero no, ningún dios lo
piensa, su universo no se ha inventado todavía, y no hay lugar para sí mismo.
Si
habría tiempo, ignoraría cuanto sería el que transcurre por esas épocas. No hay
luna ni sol que puedan marcar los días y las noches. Tampoco hay estrella, así
que cada escena que podría ser “momento”, sucede como un perpetuo dormir carente
de sueños que puedan hacerlo entretenido. Donde concibes el tiempo en tu mundo,
allí no hay más que un parpado cerrado que lo eclipsa todo, y basta con un
segundo en tu tiempo, por una eternidad allí.
Hay
rendijas por donde se filtran las palabras que jamás se mostraron a la luz,
soplidos con aroma a posibilidades y partículas de los elementos sin
clasificar. Y es ahí por donde puedes verlo, si es que sabes donde ubicar los
ojos cuando los oídos de tu mente atrapan lo que aquí te digo.
Se
estarán viendo en algún momento. No sabe dónde, ni cuándo, pues no conoce el sentido
de aquellas palabras, de hecho tampoco sabe lo que es una palabra; sospecha que
algo podrían significar, más tampoco entiende sobre significados. Solo sabe que
tú podrías encontrarle sentido a esto, aunque está seguro de que no podrías
desmenuzarlo en su totalidad; porque de ser así, tú y yo, jamás nos entenderíamos.

Jack H. Vaughanf
(c) Safe Creative
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